Aprendiendo a Sanar

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Hace muchos años que nos está llamando, nos grita que le atendamos, quizás haya dejado de insistir pero sigue sufriendo allí en el sótano donde nos olvidamos de él. Cualquiera que sea la edad que tengamos, somos muchos los que llevamos en nuestro interior un niño herido que reclama nuestra atención.

 

Viejas heridas

Llevo media vida dedicándome a crecer, a mejorar, a aprender terapias y a compartirlas, ya que lo uno me llevó a lo otro. Conozco a cientos de personas con las que he tratado pero a la persona a la que más conozco es a mí misma, y día tras día no dejo de sorprenderme.

Hay muchas técnicas y formas diferentes de tratar los problemas que nos ocupan y preocupan. Muchas de ellas me han ayudado en el momento que las practicaba pero ahora, mirando la vista atrás y sin rechazar ninguna, me doy cuenta de que en algunas ocasiones el enfoque que se da no siempre es el más apropiado.

En mayor o menor medida muchos de nosotros, cuando niños, sufrimos abandonos, abusos, acosos, olvidos, malos tratos, descuidos, faltas de atención, de dedicación, de presencia. Tú sabes y sientes lo que viviste en esa época.

Ese niño que fuimos está dentro de nosotros hoy en día, y si no nos hemos trabajado, es él el que en muchas ocasiones maneja nuestra vida. Ese niño se quedó congelado en nuestro interior con sus heridas en el momento que vivió aquellas circunstancias. Como no podía entender lo que estaba ocurriendo, como no pudo aceptar lo que vivía, se desconectó por no poder vivir toda la agonía que le tocó vivir. Pero todo aquel desconcierto, dolor e incomprensión no ha desaparecido, sigue estando instalado en nuestro cuerpo intentando salir. Por eso de adultos reproducimos experiencias que nos suenan que ya vivimos tiempo atrás. La vida nos pone en situaciones muy variopintas para que resolvamos el dolor o la causa primaria.

Es hora de sanar

La nueva era, las nuevas terapias, nos hablan en algunas ocasiones de llegar al entendimiento y al perdón, nos hablan de amarnos a nosotros mismos y aceptar, de comprender y perdonar, pero para llegar a eso hay que vivir aquel horror, aquel abandono primario, aquel abuso, aquel maltrato, y esto pasa por deconstruirte, por tirar la casa para mirar cómo están construidos los cimientos. Pasa por sentir todo aquel dolor, pasa por sentir rabia y enfadarte y en muchos casos pasa por enfrentarte a tu opresor, a tu agresor, a tu abusador.

A veces se habla de otras vidas, del karma, del otro que no existe, pero nosotros estamos vivos aquí y ahora. De niños no teníamos oportunidad, éramos niños, inocentes, sin posibilidades, fuimos víctimas de lo que nos sucedió. De adultos somos responsables de nosotros mismos y si participamos de algo que no nos gusta somos responsables de permitirlo o al menos somos cómplices aunque tengamos la justificación de que no sabemos hacerlo de otro modo. Pero tenemos el deber de mirarnos para adentro y ocuparnos de que no nos vuelva a suceder aquello que no deseamos. Lo hacemos como sabemos, está claro, pero si queremos dejar de sufrir podemos hacer algo más.

Es importante sanar como adultos las heridas de niños porque mientras no lo hacemos en muchos casos nos sentimos culpables y culpabilizamos a ese niño de lo que nos ocurrió.

Ese niño te grita que le atiendas, que le veas, que le reconozcas, que tengas compasión por él, que le abraces, que le digas que todo va a ir bien. Necesita que seas un adulto sano para que puedas protegerle.

Camina y respira

Solo tú puedes saber qué necesitas. Si no puedes sólo busca ayuda. Es importante que te atiendas, que mires para adentro, que te acunes y cuides de ti. Porque después de todo, eso es lo que quieres ¿verdad? Sentirte bien.

Pues adelante, camina. Se sale de todo y se aprende de todo. Somos más fuertes cuando nos miramos. Sé capaz de romperte y ser vulnerable, sé capaz de decir esto no lo quieres más, sé capaz de crecer, de enfadarte y de reconocer todo aquello que te aterroriza. Esa es la mejor forma de llegar a ese lugar donde quieres llegar. Da mucho miedo sí, pero te calma, y las heridas duelen menos.

No hace falta que me creas, cuestióname, pero haz algo por tu vida. Si no quieres hacerlo tienes todo el derecho.

Pero yo me digo a mí misma que soy digna y merecedora de todo lo bueno, no sólo de algo, de un poquito, sino de todo lo bueno. La niña que fui es inocente y fue víctima. Ahora como adulta tomo el mando y me sano.

Y como muchas veces os digo, especialmente hoy 22 de enero que es el día Mundial de la Respiración,

respira,

respira,

respira…

 

Autor: Mirian Alonso

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