Encontrar la verdad de nuestra infancia

 

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Recientemente he releído alguna de las obras de Alice Miller (1923-2010), psicoanalista de origen polaco que se radicó posteriormente en Suiza. Alice Miller integró aspectos de la psicología, filosofía y sociología en sus numerosos libros centrados sobre la infancia, sobre los males que a veces se originan en esta edad, sobre las enseñanzas que se reciben entonces y sobre cuáles son sus consecuencias en la vida adulta. Una síntesis de su pensamiento puede hallarse en una de sus frases más extendidas:

La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las enfermedades psíquicas, únicamente disponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única y singular de nuestra infancia.

Alice Miller criticó reiteradamente las teorías del psicoanálisis que planteaban que las experiencias traumáticas de los niños debían ser interpretadas como fantasías infantiles y olvidadas, negando así la realidad del abuso y del maltrato infantil. Estas críticas le hicieron distanciarse de muchos de sus colegas llegando a preferir que se le conociera como “investigadora de la infancia” más que como psicoanalista.

Quiero compartiros literalmente parte de un artículo cuya publicación, después de haber sido pedida por una revista alemana, fue rehusado por esta. En este artículo se resume parte del libro que he releído estos días (“El saber proscrito”) y que os invito a conocer pues plantea una visión quizás distinta a la que solemos tener y nos puede abrir los ojos.

“Repetidamente leemos en la prensa que, como demuestran ya las estadísticas, la mayoría de las personas que maltratan a sus hijos fueron también maltratadas durante su propia infancia. Esa información no es del todo exacta, pues no se trata de “la mayoría” sino de todas. Toda persona que maltrata a sus hijos fue, durante su propia infancia, gravemente traumatizada de algún modo. Esta afirmación no admite excepciones, porque es absolutamente imposible que una persona que haya crecido en un ambiente de sinceridad, respeto y afecto se halle jamás bajo el impulso de atormentar y dañar para toda la vida a otras más débiles. Ha visto desde siempre que es correcto brindar amparo y orientación a esos pequeños seres indefensos, y ese saber tempranamente archivado en su cuerpo y en su cerebro obrará sus efectos en él durante toda la vida. La afirmación formulada más arriba no admite excepciones, pese a que muchas personas apenas si son capaces de recordar nada de los tormentos de su infancia, porque aprendieron a considerarlos como justo castigo a su maldad, y porque el niño, para sobrevivir, está obligado a reprimir los sucesos dolorosos. Por eso los sociólogos, psicólogos y otros especialistas escriben sin cesar, a pesar de los nuevos descubrimientos, que se desconoce el origen de los maltratos a la infancia, y se entregan a especulaciones acerca de la influencia de la escasez de espacio habitable, del desempleo o del miedo a la guerra nuclear.

Con semejantes explicaciones encubrimos los crímenes de nuestros padres. Pues el único motivo de los malos tratos a la infancia es la represión por parte de los padres de los malos tratos y de la confusión de los que ellos mismos fueron víctimas. Ni la más aguda escasez de espacio habitable, ni la mayor pobreza pueden jamás forzar a una persona a semejantes actos. Solo quien fue en su día víctima de actos semejantes y los mantiene reprimidos corre el peligro de destruir a su vez vidas humanas (…).

¿Qué sucede cuando un niño que ha crecido rodeado de amor, protección y sinceridad es  golpeado por una persona? Gritará, expresará su ira y acabará llorando, mostrando su dolor y posiblemente,  preguntando: ¿Por qué me tratas así? Nada de todo eso es posible cuando el golpeado es un niño al que sus padres, a los que ama, han adiestrado desde buen principio a la obediencia. Para sobrevivir no le queda más remedio que amordazar su dolor y su ira y reprimir mentalmente toda la situación. Pues para poder mostrar su ira, necesita la confianza y la experiencia de que no lo matarán por ello. Un niño golpeado no puede abandonarse a esa confianza. Así pues, el niño ha de amordazar su ira para poder sobrevivir en un ambiente hostil. También ha de tragarse el dolor, por enorme e insoportable que sea, si no quiere morir a consecuencia de él. Sobre todo el proceso, pues, se cierne el silencio del olvido, y se idealiza a los padres, hasta el punto de creer que jamás han cometido un error. “Y si me pegaban sería porque me lo merecía” esta es la versión más corriente de las torturas dejadas atrás.

El olvido y la represión serían una buena solución si con eso estuviera todo arreglado. Pero los dolores reprimidos bloquean la vida sentimental y producen síntomas físicos. Y lo peor de todo: el adulto que fue un niño maltratado hace enmudecer los sentimientos que estarían justificados, es decir, los dirigidos contra los causantes de su dolor, pero los deja aflorar contra sus propios hijos. Es como si esas personas se pasasen decenas de años atrapados en una trampa de la que no hay salida posible, porque nuestra sociedad prohíbe la ira que se dirige contra los propios padres (…)”

Llevo muchos años investigando sobre el maltrato infantil y las secuelas que estas tienen en la infancia y han seguido teniendo en la vida adulta. He estudiado sobre este difícil tema descubriendo los diferentes enfoques que se dan sobre ello y he conocido cómo se trata muchas veces a través de diversas terapias que presentan un enfoque parcial en el que casi siempre se tiende a quitar importancia sobre la culpabilidad de los padres y se invita al adulto que fue fruto de estas violencias a perdonar sin pasar por revivir tan desastroso bagaje de abusos, insultos, castigos…

Hasta que no se viven y reviven las emociones que quedaron no resueltas dentro de nuestro cuerpo la solución es desterrada de nuestras fronteras y seguiremos estando perdidos.

Autor: Mirian Alonso

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